¡Quiero un cuento! ¡hasta que no me lo cuentes no me voy a la cama ! sentenció el pequeño Julián..
- Pero nene ya es tarde , mañana tienes que ir a la escuela
- No me importa quiero que me cuentes un cuento…
La pobre abuela ya no podía más desde que su hija, la madre de Julián, había divorciado le tocaba a menudo cuidar del pequeño mientras ella iba a divertirse. Estaba agotada
- Bueno a ver siéntate al lado mío
Julián saltaba todo el día de un lado para el otro, desordenaba todo, tocaba a todo y no había forma de hacerle entender.
Cuando pedía un cuento era un momento tranquilo, con sus seis añitos había pocos momentos cariñosos se lamentaba la abuela.
Erase una vez un niño.
No abue ese ya me lo contaste.
Cállate que si no, no te cuento nada.
Erase una vez un niño que vivía en un pequeño pueblo donde nunca pasaba nada, se aburría tanto que ya no sabía que inventar, un día su abuela le regaló un cuaderno de dibujos y unos lápices de colores se puso muy contento dibujó todo lo que se le pasaba por delante.
Hasta que un día el cuaderno se acabó, la abuela contenta le ofreció otro mucho más grande y un lápiz negro y le dijo este lápiz es mágico si te aplicas dibujando, tus dibujos se harán realidad.
¡Qué alegría! enseguida quiso dibujar un helado, pero el lápiz no funcionó, se puso furioso con su abuela y le dijo que mentía. La abuela le explicó que tenía que tener fe no debía garabatear cualquier cosa sin forma.
Así pasó días tratando de dibujar algo que saliera de su cuaderno, pero nada. Al cabo de unas semanas se olvidó de él.
Un tarde de lluvia, unos meses después, aburriéndose, encontró el lápiz en el fondo de una caja .
Se fue a su pieza cerró la puerta y se puso a dibujar un pequeño autito que tenía en una estantería, le salió muy bonito. Luego dibujo un gato, y un perro, también un ratón,
Su madre le llamó para cenar y fue sin tardar.
En medio de la cena se empezaron a oír ruidos extraños en la habitación, la madre le miró interrogativa.
Grande fue su sorpresa cuando encontró un gato corriendo desesperando, un perro que ladraba y perseguía al gato, un coche que daba vuelta en la habitación. El colmo fue cuando vio encima de la cama un ratón gris enorme.
Abrió las ventanas, hizo salir todos esos animales y dejó sin postre a su hijo, sin hablar de la paliza que recibió. No le importó, tenía razón su abuela: el lápiz era mágico.
En plena madrugada, dibujó un pastel de chocolate enorme con mucha crema y cerezas.
Era como un pedido, y el camarero te servía mejor que en el restaurante, le dio sed y dibujo una botella de gaseosa.
Sus ojos brillaban de ilusión pensando todo lo que podía hacer con su tesoro.
Como era muy pícaro, las ideas no le faltaban, todas las mañanas su madre pasaba por la panadería, odiaba a Doña Carmen, siempre le tiraba las mejillas dándole un beso en plena frente dejándola muy babosa.
Esa mañana había preparado el dibujo en la casa, le quedaba poner unas patitas, lo haría entrando en la panadería.
- Hola Doña Carmen dijo su madre, esta salió detrás del mostrador, ya directo hacia sus mejillas buscándole.
El niño con la sonrisa irónica había puesto la ultima patita…
Doña Carmen no llegó, en el suelo miles y miles de hormigas empezaban a subirse por los pies de la infeliz panadera.
El niño y la madre salieron de prisa, su madre no entendía y repetía ¡qué barbaridad! ¡Qué barbaridad!.
Por la noche le tocó al enamorado, el pobre vio salir del sofá donde esperaba besar a su linda compañera, una serpiente enorme.
Gritos, y gritos y él risa y risa.
Todo iba funcionando bien, hasta que un día probando unos dibujos, le salió un lobo malvado que se escapó sin que él se diera cuenta del cuaderno. Por desgracia su abuelita preferida había venido a verle, el lobo se la tragó de un solo bocado. Desesperado el niño se escondió en el armario y dibujó un cazador valiente y fuerte salvó a la abuelita.
Julián miró a su abuela con esa cara de niño mimado que ella no soportaba. Y le dijo directo :
- Abuela eres una mentirosa, no soy tonto, ese cuento lo inventaste mal, te estás equivocando, es caperucita roja, eres una imbécil, la abuela de Mateo cuenta mejor.
y la dejó ahí plantada en el medio del salón, con las lagrimas en los ojos.
Eran más de las 11 de la noche y su hija ni había llamado, fue hasta su escritorio sacó de él un cuaderno y un lápiz pequeñito, apagó las luces y fue hasta la habitación de Julián. Se instaló en el borde de la cama a dibujar. El pequeño la siguió insultando hasta que de pronto interesado por lo que su abuela hacía se levantó, demasiado tarde un tyrannosaurus rex salía del cuaderno de la abuela y se lo tragaba.
Con ruido de cadenas volvió a entrar en el cuaderno. Se oyó el eructo satisfecho.
-Yo imbécil, Que yo no sé contar historias. Vaya juventud. Apagó la luz, cerró la puerta y se fue tranquila a prepararse un té bien merecido.
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